La verdadera Mala de los Nervios. Hoy toca un poco de egocentrismo.

La verdadera Mala de los Nervios. Hoy toca un poco de egocentrismo.

No hay nada como crear un personaje basado en ti para ejercer un completo dominio sobre algo. Tuya será su imagen, de ti dependerá su identidad, su gracia, la virtud de gustar o el desafío de incordiar. Y siempre moldeándolo a tu antojo y conveniencia sin rendirle cuentas a nadie.

Cierto es que poco tengo que reajustar en el traspaso de mí misma a Mala -siempre seré una dramas de la vida como ella- pero es hora de concretar datos y puntualizar informaciones.

Para empezar, no luzco tan joven ni estoy tan buena como en las ilustraciones. Mis limitadas dotes para el dibujo me empujaron a concebir un monigote simplón, y ya puestos a garabatear un dibujo basado en mí, qué mejor que basarlo en la realidad. Es por ello que me decanté por unos gráciles rasgos y una silueta escultural. Dibujarla de otra manera habría sido pura ciencia ficción, y el blog de mala siempre se ha jactado de su maravilloso realismo.

Y aunque puede que se me haya ido la mano en cuanto a la jovialidad y al aire renacentista de las facciones, siempre será un retrato más acorde a la verdad que cualquiera autofoto que circula hoy en día por ahí.

Siguiendo la estela del aspecto de Mala, he de comentar que nunca la dibujo con gafas, complemento que llevo puesto la mayoría del tiempo, otrora sobre la cara, actualmente a modo de diadema, puesto que la mascarilla y los anteojos no casan bien juntos, y casi prefiero ver la vida desenfocada que en una continua niebla.

El caso es que dibujarme con mis gafotas de pasta me produce entre pereza y vagancia, que es la misma manera de decir que no sé dibujarlas bien. Y dado que Mala nació para desestresarme, reconozco que al final estaría más tranquila trabajando de controladora aérea, pero ese ya es otro tema.

Por otra parte, tengo mi puntillo coquetón. Coqueteo con todo el mundo, pero siempre tras haber comprobado mi aspecto en todos los escaparates y marquesinas de autobús. Pese a que el resultado suele ser insatisfactorio, trato de que no se note mi disgusto y actúo como quien rompe la pana a cada paso que da. Mientras hablo contigo puede que te guiñe un ojo o me atuse el pelo, pero lo bueno es que yo no hago distinciones con nadie, y bato mis pestañas delante de la frutera o de George Clooney. Nunca he sido muy clasista al respecto.

De todas maneras, este sutil método de seducción de nada me valió en su día para engatusar a mi Costillo. Tras semanas desplegando todos mis recursos de galanteo, consistentes en a) reírle sus gracias y b) impresionarlo con las mías; a punto estuve de firmar mi renuncia.

Por suerte, de vez en cuando soy una mujer resolutiva, y cuando toca sacar la artillería pesada aun a riesgo de quedarte con cara de panoli, la sacas y punto. Si no queda otra que actuar como una gacela solitaria en medio del Serengueti, pues actúas. Si para enamorar a alguien tienes que imitar la voz de Shakira cual cabra estrangulada, la imitas. Es lo que tiene ser profundamente romántica.

Consecuentemente, tras estos irresistibles modos de cortejo, mi Costi quedó prendado de mí.

Y día de hoy, si no lo saco en una de mis entradas, se enfada. Dice que su personaje se está desdibujando y que no quiere caer en el olvido. Yo alego que cada vez que hablo de nosotros, acabo pareciendo una mandona y él un sabelotodo, y claro, después me denuncian por fomentar el rol de género. 

Él insiste en que para nada es un empollón. Que simplemente es un descendiente más del Homo Sapiens Sapiens, y que al ser el homínido consciente de su existencia, posee, por lo tanto, la capacidad para asociar ideas y para el habla. Y que a ver por qué él no me va a deleitar con uno de sus múltiples conocimientos, ya que una de las ventajas de las que dispone como hijo del Sapiens, es aprender diversas cuestiones así como utilizar estructuras lingüísticas, matemáticas o tecnológicas.

Yo le respondo que se aparte del medio, que no estoy para chorradas, y que dejaré para otra ocasión lo de no parecer una marimandona. 

Mientras tanto, aclararé que no practico la charlatanería tanto como lo hace el personaje de Mala. Es cierto que prefiero iniciar una conversación con regusto prefabricado, a estar en medio de un incómodo silencio con un semiconocido. De todos modos, confieso que interrumpo películas y, más veces de las que quisiera, el turno de la palabra de alguien. Ahora bien, sé estarme callada cuando toca, tiendo a no hacer preguntas que no me corresponden y procuro no poner en compromisos a la gente.

No obstante, comparto con ella la inclinación a la tragedia sobredimensionada y a la hipergestualidad. Las dos somos observadoras y reflexivas y, curiosamente, malgastamos mucha energía reflexionando sobre cómo no reflexionar tanto. Un lío. Aun así es para quererla. Yo, al menos, la quiero mucho.

 

2 comentarios

  1. Pues yo quiero mucho a Mala, pero a la de carne y hueso no le hace sombra nadie. Una de las mejores personas que conozco, sin lugar a dudas. ¡Y su costillo también vale su peso en oro! ¡Cuidaos mucho!

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