Leyendo una novela cochinota

Leyendo una novela cochinota

mala cochinotaVenía yo de leer un tochazo, y dado que la belleza también está en la variedad, decidí acudir a mi madre, esa lectora voraz, en busca de un préstamo en forma de libro sin pretensión alguna más allá que la de leer unas paginillas antes de conciliar el sueño.

Lo malo es que pedirle a mi madre que me recomiende algo de lectura es como caer en unas arenas movedizas de las que no saldrás nunca: “Pero… ¿policíaco estilo escandinavo o más bien novela negra americana? Ah…que lo mismo prefieres algo en plan espionaje de John Le Carré, o si quieres también tengo el último de Ken Follet, aunque…psséé…puede que te aburra, por eso te digo que igual te va más el libro de la familia republicana que se tuvo que separar por culpa de un falangista; pero no sé, hija….¡como no me dices nada!”.

[Lo haría si me dejaras hablar un ratito, mamá].

Encima, visto que intuye que la cosa va para largo, llega el momento en el que pronuncia LA FRASE. Esa frase a la que le tengo más miedo que a una trilogía de El exorcista: “Siéntate, siéntate, y así te lo comento todo con calma”. Evidentemente, no me quedó otra que aligerar la sesión literaria diciendo: “No, a ver, si todo eso está muy bien, pero que vaya, que me apetece algo así…así como de amor“. “¡Acabáramos!”,-me suelta-“Yo es que claro, como vas de cultita por la vida, ni se me pasó por la mente”.

[Pues sí, mamá, qué pasa. Hala, préstame algo de chica/chico/amor porsiemprejamás].

Por lo que me enseña chorrocientos títulos de novelitas con portadas supercuquis, porque ese es el nuevo criterio de mi madre para elegir un libro: lo cuqui y pocholada que ha de ser su portada. Ya puede ser la obra del siglo, que como no tenga unos zapatos de tacón sobre un fondo turquesa y la Torre Eiffel de lejos, ya ni se lee el resumen de la tapa. Bien es cierto que mi criterio es igual de riguroso: lo eché a suertes con el “Pasé misí, pasé misá” y el afortunado fue un librito que empecé a leer esa misma noche.

Según mi madre, era malillo, como todos los demás, pero que para pasar el rato estaba bien: “Es una pareja jovencita y está contada al estilo de una road-movie”. Pues no pintaba tan mal, oye. El problema fue que sorprendida me quedé al comprobar que los protas estaban sacados poco menos que de un recreo de la ESO.

Tampoco era cuestión de ponernos puntillosos, podría ser una lectura igualmente atractiva; así que ahí me puse yo pasando páginas con más estereotipos que en una peli de Alfredo Landa: él, un malote de oscuro pasado pero buen corazón; ella, una tipa más intensa que el Facebook de Paulo Coelho. ¿Los dos juntos? Fornicio desde la página nueve.

Lógicamente, la estupefacción se apoderó de mí. Yo, pobre inocente, pensaba que me iba a encontrar con una lectura de amoríos cursis y besos apretados como en el cine de antes; pero de repente me veo leyendo un que si te pongo viendo pa Cuenca, luego pa Zamora y como remate, pa Gibraltar. Que si tocamiento de teta, de culamen y de (atención): “su sexo”.

Pues oiga usted, las cosas por su nombre; que si algo tiene sinónimos en esta vida son los órganos sexuales del ser humano. Otra cosa es encontrar un sinónimo de “neutrón”, pero para lo otro disponemos de un amplio abanico tan grande como lo es el firmamento. Sin embargo, el autor optó por elección de “tocó su sexo”; eso sí, para no reiterarse se ayudaba de las variantes “acarició”, “olió”, “lamió” y un sinfín de actividades que acontecían en aquel motel de carretera.

De todos modos, no sé; no me acababa de convencer el estilo narrativo. Demasiado circunloquio. ¡Con lo bonito y patrio que le hubiera quedado “Le agarró la chorra!”. Pero está visto que yo soy una romántica empedernida y esas cosas tan poéticas ya solo quedan para las nostálgicas. El caso es que a lo tonto, a lo tonto, yo ya tenía un calentón del quince con aquellos dos mequetrefes tocándose “el sexo” el uno al otro.

A continuación, giro la cabeza y el Costillo ya iba por el tercer sueño roncando como una morsa. ¡Pues ya era mala suerte! ¡Para una vez que tengo ganas! Si es que todo me pasa a mí. A ver cómo le explicaba ahora al Costi que no siempre me duele la cabeza por culpa de las cervicales. Casi mejor no comentarle nada, porque jamás me perdonaría no haberlo despertado en este glorioso momento; insólito e infrecuente como el paso del cometa Halley.

Aun así, bueno es saber que en caso de necesidad apremiante, una se puede ayudar de algo tan básico como una novela de tercera categoría protagonizada por dos memos. Ahora sí, memos para todo menos para lo de copular . Cada tres páginas tocaba kiki, así que me empezaron a caer mal. Me toca mucho la moral que unos chavalurrios que nacieron antesdeayer supieran tanto de posturitas. ¡Seguro que no sabíais tanto del temario del examen de lengua, listos! Lengua castellana y literatura, quiero decir; porque de la otra andaban sobrados.

Lo malo es que a mí las cosas que ocurren por sistema siempre me han aburrido, aunque sean cosas de “tocarse el sexo”.  De manera que a la altura de la página cuarenta, y con un número de coitos superior a la media anual de cualquier pareja humana, ya estaba saturada de las mamarrachadas de este dúo copulador.

Encima, se me había diluido el sofoco tan solo de imaginarme a mi madre toda acalorada por esta lectura guarrindonga; porque las madres son madres y no señoras que se ponen cachondonas. Así que punto y final a la novela picantita.

Me vuelvo a Unamuno. Menos calor y más sueño. Mejor, imposible.

 

 

1 comentario

  1. Pues yo no tengo vergüenza ninguna! Soy adicta a estos libros malísimos porque me entretienen cuando lo necesito. Un beso 😘

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