Mala, la más maja de España

Mala, la más maja de España

Mala Maja desnuda¡Qué maravilla!

Traigo una novedad: resulta que soy majísima y yo no tenía ni idea. Pero maja-maja, majísiima de la muerte. Maja a morir.

Y yo viviendo en la inopia, desconociendo esta dulce noticia capaz de embelesar los más pétreos oídos. Qué lástima, pudiendo haber vivido tan majamente como merecemos la gente maja.

En principio, el descubrimiento de esta buena nueva se debe a la llegada del invierno, de las lluvias y del frío; ya que me atavío debidamente y acorde a las circunstancias climáticas, a saber: gorros, paraguas, guantes, bufandas y todo aquello que sea susceptible de dejar olvidado en cualquier sitio al que entro.

Bien es cierto que lo mismo me ocurre en verano, abandonando en cualquier parte mis sombreros, mis gafas de sol, mi barra de labios y mi chaqueta por si hace rasca.

De lo cual deduzco que lo de ser majísima no lo he descubierto por la estación del año, sino porque soy la persona más olvidadiza del mundo. Tanto en primavera como en verano; tanto en mi pueblo o como en Nairobi.

Sea como fuere, esto no es más que un mero pretexto para reconocer que una vez que he salido de un establecimiento, rara es la ocasión en la que no tenga que volver a por uno de los objetos mencionados. Y de hecho estoy ya tan acostumbrada, que hasta me parece un motivo más para darme otra vuelta y pasearme divinamente.

Bueno, siendo franca, ese es el treinta por ciento de los casos. Los demás se resuelven de la siguiente manera: ya hemos llegado a casa, nos hemos cambiado y justo me doy cuenta de que me he dejado la billetera en ALGÚN LADO. Y esto es todo lo que le puedo concretar a mi Costi, quien, después de preguntarme dónde la pude haber dejado le respondo: “Por ahí”. Muy bien, Mala, de aquí a detective de Scotland Yard.

A continuación, el pobre hombre se pone el pantalón de chándal y los tenis y sale tras la billetera. “Oye, -le suelto-, que si vas al bar de aquí al lado, pregúntales ya de paso si la semana pasada me dejé una bufanda buenísima, de lana 100% merina y de un tono entre beis y rosa palo, pero más bien rosa palo, Costi; que ya sabes que tú te lías con los colores. Insísteles en lo de que era lana de la buena, ¿eh?”.

Él, que es un bendito, accede de buena gana (o al menos esa es la cara que pone delante de mí) y sale a recuperar mi billetera, que albergaba en su interior dos euros con cincuenta de dinero pero que contenía sobre todo ese horror que no concluirá hasta el día que lo renueve: mi carné de conducir. Hay fotos en las que no has tenido un buen día, pero mi carné de conducir va directamente aparte.

Cuando me paran los de Tráfico les digo: “Desconozco si he cometido infracción alguna, pero les pago cuatrocientos euros ahora mismo con tal de no enseñarles mi carné”.

Así que en cuanto el Costi llega al garito, pregunta educadamente por mi cartera y le responden: “Sí, sí, está aquí. Es que en cuanto vimos la foto del carné (¿por qué, dios, por quééé´?) dijimos ‘Anda, mira, es de esa chica tan maja’ “.

Bueno es saberlo.

El caso es que la semana pasada se me cayó una bufanda en la frutería y cuando volví a por ella me dijo la dependienta: “¿Tú eres Mala, no? Es que me dijo la encargada que había una bufanda guardada y que creían que era de una chica majísima que siempre está de buen humor (¡!), y yo pensé fijo que eras tú”.

Oye, ¿qué os parece? Genial, ¿no?

El caso es que he de reconocer que casi siempre meten a mi Costi en el pack. Normalmente lo de la “chica maja” lo suelen completar con “que siempre va con un chico alto, majísimo también”. Pero por mucho que quiera yo a este hombre, lo siento, pero este es MI MOMENTO DE ESPLENDOR INDIVIDUALISTA.

Con lo cual, ya veis que me paso la vida yendo a recoger mis cosas desperdigadas por doquier, aunque no siempre las recupero. Recientemente perdí mis gafas de sol en el súper. No sé qué pintaba yo a golpe de diciembre con unas gafas de sol que me sobraron en cuanto entré por la puerta.

Total, que a saber en dónde las metí, porque lo mismo las puse al lado de una botella de Ajax Pino, pensando “las pongo aquí, compro un friega suelos y ya las recojo ahora mismo”. Aviso, ESTE MÉTODO NUNCA FUNCIONA.

Así que un par de días después me pasé por allí y se lo comenté a una empleada. Me aconseja que vuelva en otro momento para hablar con la encargada. Dicho y hecho. En cuanto me otea en el horizonte me dice: “Ay…¡ya me imaginaba que eras tú! Es que me dijeron que vino a una chica a preguntar por unas gafas, y yo les pregunté que quién era y me dijeron: ‘Esa chica majísima súper simpática’, ‘Ahhh, -les dije yo-, ¡la del chico alto súper riquiño!’ [ya estamos con lo mismo], y mira, acertamos totalmente. Aunque eso sí, de las gafas no sabemos nada”.

Me dio igual.

¡Qué bárbaro! ¡Derrocho magnetismo y una personalidad embrujadora!

Envidiadme, os doy permiso.

6 comentarios

  1. Ser maja está genial! El problema es q te llamen gilipollas o algo así 😂. Por cierto, veo que usas bufandas y las vas dejando por ahí igual que yo aunque las mías son baratas.😂😂.

    1. Efectivamente, amiga! Mientras te llamen “maja” todo va bien. 😀
      Un abrazo! 😘

  2. Ayyyyyy… Si sabré yo lo que es ir a buscar tus fulares, bufandas y demás prendas alargadas cuando llegamos a casa y te acuerdas de ellas.
    Hasta creo que un día fui a buscarla cuando ponían en la tele “Forjado a fuego”. FORJADO A FUEGO, señoras y señores.
    Si ponerse el chándal y bajar a pesar de ese momento recreativo no es amor, entonces ya no sé en qué mundo vivimos.

  3. Lo sé, Costi, lo sé.
    Tu programa testosterónico siendo dejado de lado para recuperar objetos olvidados de tu chica.
    Amor del bueno.

    1. Hola, Ana!
      Pues sí, ese es mi destino. Ser maja sigue estando muy de moda y yo que me alegro.😁
      Un abrazo y, por supuesto, seguimos contando contigo.😘

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