Me han llamado pija. ¡Qué ofensa más grande!

Me han llamado pija. ¡Qué ofensa más grande!

 

Es muy curioso ese momento en el que nos escuchamos en una grabación. Por mucho que rebobines y le dés vueltas y más vueltas, no te reconocerás jamás.

Mientras que en tu cabeza suenas a veces hasta interesante, en diferido tienes aires de tonta del bote con varios problemas de dicción. He llegado incluso a preguntar “¿Quién es esa que habla?”, y me han dicho que soy yo. Así, sin contemplaciones, sin rodeos ni preámbulo alguno que sirva de colchón para amortiguar una realidad como esa. Porque quieras o no, es un disgusto.

Sobre todo cuando te dicen, sin tú saberlo, que tienes ademanes de pija.

De pija.

PIJA.

Es que ni juntas puedo ver esas cuatro letras. Anda que no hay vocablos para incordiar a alguien: botarate, fea, pazguata, lela, mema, gilipollas, ignorante, pelma… incluso el peor: gorda. Pero ninguno de ellos llegará a este nivel de dolor en forma de daga en el pecho, que es el título de pija.

Todavía recuerdo la primera vez que fui víctima de semejante improperio: ni más ni menos que en una entrevista de trabajo. Y de la peor forma, a través de unos terceros, que es lo que más duele; pues si me lo hubieran dicho en el tú a tú, me habría preocupado yo de defender mi honor pronunciando un alegato con mi mejor voz de pija. ¿Quieres pijerío? ¡Toma pijerío! Pero así, enterándote a destiempo, te sientes como una pija de segunda, y eso sí que no.

Yo, si soy algo, lo soy en condiciones.

Lo cierto es que tras haber superado la entrevista y haber conseguido el trabajo, alguien me comentó, tiempo después y off the record, que estaban muy contentos con mi labor, pese a no estar del todo convencidos en un principio por haberles parecido pijilla. Como si una pijaza no pudiese ser una trabajadora ejemplar. Pero ese ya es otro tema. Yo ya tenía bastante con asimilar un rasgo de mi estampa que desconocía.

Ni me visto de pija, ni me peino de pija. ¿Será mi aliento? ¿Será que uso Colgate pijo sin darme cuenta? ¿El olor de mi sobaco, quizás? ¿Las pijas tenemos una sobaquera diferente? Demasiadas preguntas sin responder debido a mi escasa formación en temas concernientes al mundo pijo.

Recuerdo que llegué a casa tras cuatro horas intentando analizar tamaño asunto yo sola. En cuanto entré por la puerta, mi Costillo supo perfectamente que había ocurrido alguna catástrofe, normalmente vinculada a mí. Ser muy ególatra tiene sus cosas, y una de ellas es que eres bastante predecible:

– ¡Uy qué cara traes!

– Callaaa… callaaa…

– ¿Pero qué ha pasado?

– ¡Que me ha dicho [FULANITA] que le dijo [FULANITO] que le parezco pijísima! ¡Pija! ¡Yo!

– Ehhh…[Risas]… [Risas].

– ¿Cómo que “jijijiji”?

– A ver, cari, tú no eres pija, mujer.

– ¿Pero?

– Pero que como eres así… tan amable… y gesticulas así [me imita] y le das esta entonación [me imita y lo clava]… pues sí que puedes parecer un poco pijilla.

– ¡Ay la madre y el cordero, la virgen y todos los santos!

– ¿Y tú desde cuándo piensas así?

– ¡Desde siempre!

– ¡Que me caiga un rayo y me fulmine aquí mismo!

Menos mal que una tiene sus tretas para averiguar la verdad y nada más que la verdad: llamar a mi amiga Carmen.

Mi amiga Carmen es la amiga que todas y todos necesitamos en nuestras vidas. Si te has echado un novio un poco imbécil, ella te lo avisa, y si alguien te insinúa que le pareces pija, ELLA TE LO CONFIRMA. Su labor es necesaria para tu existencia, por eso no hay nada ni nadie como Carmen para aclarar cualquier dudilla:

– Oye, Car, que ya van dos personas que me dicen que hablo como una pij…(ni acabo la frase).

– Uy, sí sí.

– ¿Pero cómo que “Sí sí”? O sea, ¿que tú crees que hablo como una pija?

– Totalmente, vamos.

– Pero pija… ¿cómo?

– Pues… pues… ¡de pija, vaya!

No hacía falta que buscase adjetivos en el diccionario, con dos comentarios me quedaba más que claro. Así que otro complejo que sumar a mi desdichado existir.

A partir del día en que se confirmaron todas mis sospechas, empecé a estudiar mi comportamiento hacia los demás en términos de código pijo, llegando a la conclusión de que lo que para mí es entusiasmo, para los demás es remilgado y cursilón:

“Eyyy… Holaaaa, ¿qué taaal? Bueno buenoooo… Te veo estupenda. ¿Y este pelazo? ¡Es que estás fabulosa, tía! Oye, ¿y los niños? Pero bueno, ¡qué bellezas! ¡Estáis fantásticos! ¡Qué barbaridad!”. [Y ESTO ES SOLO EL SALUDO].

Cierto es que donde unos dicen genial yo digo fabuloso, y en donde otros sueltan un guapa, yo lo sustituyo por divina/fantástica/espléndida/maravillosa; con lo que mi vocabulario no es de gran ayuda para despojarme de mi infamia pijera.

Para los demás será una exageración, pero me importa un pimiento, francamente. No pienso disminuir mi fervor con la gente que aprecio.

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