Mi pueblo

Mi pueblo

Mi pueblo ha sido citado en el blog unas cuantas veces, pero así como de refilón, lo que no le hace justicia en lo más mínimo. Concedámosle entonces unas cuantas líneas para desmenuzar un poquillo a sus gentes y costumbres.

Confieso que describir a mi pueblo no es una tarea fácil. Dudaría incluso de las artes descriptivas de cualquiera de los grandes autores del Realismo. A ver, Clarín, sí, tú; muy bien lo de hablar de Oviedo en La Regenta, ¡pero no tienes bemoles de ponerte a hacer un novelón con mi pueblo de trasfondo!

En principio, digamos que no es un pueblo-pueblo. O sí. O puede que no. Bueno no sé, veamos… es un pueblo-pueblo si lo comparamos con Madrid, pero si lo comparamos por ejemplo con León…también es un pueblo-pueblo, para qué mentir. Vaya, que estaba yo aquí haciéndome la urbanita pero va a ser que no, porque vivo en un pueblo y ya está; si bien a mucha honra anunciaré que, en general, mi pueblo es de mente abierta y progresista. En realidad no nos llevamos las manos a la cabeza por casi nada, y si quieres ir por la calle vestida de la Gallina Caponata, vas y punto. Y si te echas un novio con un ojo de cristal y una pata de palo, o se te ha dado por llevar una cresta punky, pues sales de paseo dominguero a lucir tus estilismos más ancha que un ocho, porque aquí siempre hemos sido muy modernos.

Y hablando precisamente de paseos, seguimos manteniendo una tradición que se remonta a tiempos inciertos que consiste en pasear mogollón. Y para un lado y para el otro, mientras te cruzas con el butanero, la de la frutería, la puericultora de la guardería, el monaguillo, uno que trabaja en Correos y a todos los camareros que ese día tienen el día libre. Cuando llegas a la meta, das media vuelta y venga de nuevo a cruzarte con los mismos pero en sentido contrario. Esta vez ya no les dices “Hola” , porque se sobreentiende, sino que levantas ligeramente la barbilla en un ángulo entre 30 y 45 grados y ya nos hemos dado por saludados.

Continuando con el tema de las caminatas por todas las alamedas y paseos marítimos habidos y por haber, existe otra costumbre basada en que todas las mañanas del año, los señores mayores se toman su tiempecito para encontrarse con otros jubilados marineros y hablar de sus batallitas, discutiendo por ejemplo si es mejor la sardina “do xeito” o “de ardora” (dos tipos de artes de pesca). Y tal es su emoción, que más de una vez algunos han llegado a las manos, porque por estos lares nos las gastamos así. Por cierto, durante el tiempo en que estos señores se van a la taberna y pasean por las alamedas, las señoras ya han ido a la plaza de abastos a comprar el pescado, ya han limpiado la casa y ya han recogido a los nietos del cole. Lo de siempre, en fin. En eso sí que nos tenemos que modernizar, no voy a decir yo que no.

Tal y como comentaba, en mi pueblo, de cualquier conversación podemos montar una trifulca y seremos, sin duda, el ayuntamiento que más manifestaciones ha convocado en la historia de este país. Aunque ahora los aires andan un poco acomodados, siempre se ha salido a la calle para protestar por todo. ¡Incluso hemos salido en Informe Semanal debido a una de las nuestras! Creo que fue el único sábado por la noche en el que la gente no salió de sus casas por estar pegados al televisor. ¿Cuota de pantalla ese día? De un cien por cien, sin lugar a dudas.

Yo nunca fui consciente de la leyenda de este espíritu guerrillero que nos persigue, hasta que un día, siendo jovencita, en una entrevista de trabajo me confesaron que les gustaba mucho mi perfil, pero había un “problema”: mi lugar de nacimiento. Ante mi perplejidad declararon que, por lo visto, éramos trabajadores que se rebeleban fácilmente. Ah…claroo, no me cuenten ustedes más. ¡Seguro que reclamaban el sueldo de las horas extras o una desfachatez de esas! ¡Si es que hay cada energúmeno por ahí!

Ahora bien, nuestra relación intrínseca con la calle y el aire libre no solo es para salir en el telediario, sino que también podemos convertir en una estrella a cualquiera. En mi pueblo uno puede montar un corrillo con numeroso público en cuestión de tres segundos. Seas bailarín, cuentacuentos, predicador del apocalipsis o trompetista de tercero de Consevatorio, como una exhalación vamos todos a curiosear y a darle una oportunidad al artista. En dos minutos, ya se ha apuntado hasta la farmacética de guardia y todo acaba en aplausos aunque haya sido un auténtico bodrio. Tenemos un gran corazón y nadie lo podrá negar.

Uno de los motivos principales de esta tendencia al cotarro y a las varietés es que siempre hemos sido gente culturalmente muy colaboradora. No necesitamos demasiado protocolo para montar una asociación de algo: de teatro aficionado, de amantes de la fotografía, de gourmets de la alta cocina o de talleres de poesía. Con tal de conocer a tres personas ya poco más falta para crear un grupo de lo que sea, y ya de paso se aprovecha la ocasión para comer; porque en estos grupos lo de hacer fotos o acuarelas es lo de menos; lo importante es que alguien siempre lleva una empanada para merendar. Puede que llegues a casa y no le hayas hecho un retrato ni a tu perro, pero ya vienes cenado, que eso es lo que importa.

Por otra parte, cierto es que somos gente de quejarnos mucho, especialmente del tiempo. Si llevamos un otoño de seis días soleados, pues a ver qué va a ser esto, que no es otoño ni es nada, que ni apetece comer castañas asadas. Eso sí, en cuanto se pone a llover, a las doce horas ya estamos hasta el moño, y menudo tiempo de asco o menuda birria de tiempo.

Pero pese a todo, la gente de mi pueblo entona para su día a día el “Todo se andará” y el “Todo tiene arreglo”. Dramas los justos y eso es algo maravilloso.

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