No soy de cagar fácil.

No soy de cagar fácil.

Mala cereales

Quién fuera a decir que yo, que me paso el día cagándome en todo, convirtiendo ese “Me cago en” en mi coletilla por antonomasia, tuviese problemas para cagar de verdad. Sin duda, la más grande contradicción del universo entero.

Para mí, cagarse metafóricamente en todo lo que se menea, tenga o no vida, tenga o no voz propia, exista o no exista, es uno de mis pasatiempos favoritos; bien por su practicidad, bien por el alivio que me produce. En cuanto a lo primero, mantengo y subrayo que cagarse en todo en una de las expresiones más fáciles de construir. No hay más que colocar delante la entradilla, y ya dependiendo del gusto del consumidor, te vas cagando en cualquier cosa que veas delante:

-en la leche.

-en todos los cristos, vírgenes/santos; eso ya va según el conocimiento del santoral del interesado.

-en políticos/facherío/toreros.

-en mis muelas, haciendo honor a Chiquito

Pero, nunca, nunca, uno se ha de cagar en sus muertos. Me lo prohibió mi abuela, quien decía que eso estaba muy feo. No se hable más. A mandar, abuela.

En lo que se refiere al simpar desahogo que me proporciona cagarme en cualquier cosa que revolotea a mi alrededor, jamás equivaldría al sosiego que me produciría cagar de verdad, así de injusta es la vida. Para algo que es gratis, de libre acceso, y moldeable a las costumbres de cada persona; voy yo y lo convierto en algo caro, con entrada a precio de VIP y únicamente realizable en un solo lugar: el váter de mi casa.

Por otra parte, os estaréis preguntando de dónde procede la afirmación basada en el coste monetario que me ocasiona esta actividad, que tal y como se ha explicado debería salir de balde en tanto y cuanto se trata de una función corporal. Pues a continuación os lo explico yo muy a gusto. Veamos, mi menda va a la frutería y se compra, entre otras cosas, tres kilos de kiwis, dos de naranjas, uno de ciruelas amarillas y otro de ciruelas rojas; todo ello pensando en mi colon, que lo de trabajar duro parece que no va con él.

La clave es que las tomas de estos productos se producen a una velocidad muy similar a la de convivir con una familia de treinta miembros, o bien, con toda la bichería de Cabárceno entera dentro de mi piso. Estas dos serían las únicas opciones que se maneja el personal que trabaja en la frutería, ya que en un día y medio ya estoy allí repitiendo la misma jugada. De hecho, a veces me da como vergüencilla y -CÓMO NO- suelto un chistecito para aliviar el rubor: “Madre mía, que no se diga que lo mío por la fibra no es pasión, ¿eh? Je je”.

Penoso, efectivamente. A ver qué hago yo dando explicaciones de si soy más de fibra o de calcio. Aunque qué sería de mí sin decir chorradas diariamente que no vienen a cuento y sin que le interesen a nadie. Pero en fin, ese es otro tema.

Ahora bien, sin lugar a dudas, el momento estrella tiene lugar ese día en que todo tu fibra-kit se acaba al mismo tiempo, con lo que acudes al súper con la misma premura con la que irías si hubiese una inminente llegada a mi pueblo de una nave espacial con alienígenas en busca de fibra en otros planetas. En ese caso me convertiría en una madre coraje de mi pobre intestino grueso y haría acopio de todas las cajas de cereales cagatorios de toda la comarca.

Bien es cierto que ni falta hace imaginarme esa situación, puesto que ya ocurre en la mayor de mi indigna realidad.

Situémonos entonces: compra normal y corriente en el súper de cerca de casa. El Costillo, yo y mucha fibra por delante. Comenzamos por los All-Bran, esas pajitas con sabor a arena de playa y lodazal del descampado de al lado en día de temporal. Sigamos con otra caja de cereales por si los queremos mezclar con los anteriores, también integrales por eso de las pielecillas y cosas que facilitan el evacuado; continuemos con unas ciruelas pasas y un paquete de semillas de lino las cuales dejo en remojo por las noches para poder beberme el moco creado por esta mezcla demoníaca; prosigamos con las galletas Digestive por si te apetece algo en plan chuche, y finalicemos con yogures naturales a saco y un paquete de serrín de cáscaras de avena para tomártelo a cucharadas si quieres suicidarte por causa de tos seca mortal.

Así que una vez que ya tenemos la mercancía nos vamos hacia la caja. Lo peor de todo es que cuando te fijas en todos tus artículos colocados en la cinta, se te queda cara como…como….como de que cagas mal, vamos. “Joder“, -suelta el Costi-, “Menuda compra. Todo de lo mismo, voy a poner otra cosa más que sea algo distinta”. De inmediato la cajera nos pregunta: “La compra es hasta aquí, ¿verdad?”. “No”, -responde el Costi-, “¿Me pones un tubo de Loctite, por favor?”.

La compra no sé si nos salió variada, pero extravagante, un rato.

 

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