Ser adolescente en los ’90: MERITAZO

Ser adolescente en los ’90: MERITAZO

Por superar la adolescencia,  el ser humano se merece ganar el cielo o incluso un sueldo de por vida de los sobres de Nescafé. Ahí es nada. Todo agasajo inferior o de menor valía no será justo de ninguna manera, pues esta etapa de la vida es como irse a la cruzadas medievales. Tú, ir, pues ibas; ahora bien, salir de allí sin pasar por algún que otro problemilla ya era más complicadete.

::::::Suspiro::::::

La edad del pavo, la primera juventud…qué curiosa época, oigan. Básicamente se resume en que te gusta pertenecer a la tribu, que tus colegas son los únicos que te comprenden y que los amoríos ocupan tres cuartos de tu cerebro. El cuarto restante lo dejamos para ponernos chulitos con nuestros padres de vez en cuando, y para sentirnos seres superespeciales con una vida interior tan plena y erudita que resulte imposible de descifrar por los demás. Así estábamos siempre de mal humor. Normal.

Además, bien convencida que estabas de que te ibas a convertir en la nueva Rousseau, porque a filósofa, a ilustrada, a pensadora y a romántica no te ganaba nadie; sobreviviendo -lo cual incrementa el mérito todavía más- en la jungla de lo que considerabas borregos, incapaces todo ellos de entender tu enrevesado mundo interno, lleno de sensibilidad y conciencia humana. Todo ello configuraría uno de los puntos principales: LOS DEMÁS ERAN UNA MUCHEDUMBRE SIN PERSONALIDAD, Y TÚ ERAS UN SER GENUINO CON UNA IDENTIDAD PROPIA ARROLLADORAMENTE FASCINANTE.

De hecho, SEGÚN TÚ, por supuesto; eras tope cool, tope profunda, y tope coñazo, todo sea dicho. Por lo tanto, y por si las moscas, mejor sería ponerse molona por fuera; no se diera el caso de que aquella inmensa e incomprendida belleza interna no fuese suficiente como reclamo sensual.

Mal empezábamos con este proyecto, porque a principios de los ’90 lo que se dice bonita bonitaaa, pues la moda no lo era, la verdad. Encima me tocó vivir todo el rollo minimalista del pelo lamido, por lo que el viento no se ponía a mi favor, claramente. Yo solo quería tener el pelito de Winona Ryder, aunque más bien parecía una Menina de Velázquez.

Y es que yo he padecido constantemente de anacronía estética. Siempre he estado fuera de moda. ¡Qué rabia! Cuando se llevaban las rubias, yo todavía estaba en el preescolar; cuando se llevaba el pelo liso, yo lo tenía rizado; cuando más tarde me lo alisaba con el cepillo, resulta que se llevaban las morenazas; cuando se llevaron las tías con curvas, yo no tenía las suficientes; cuando era época de caras andróginas, yo tenía mofletes sonrosados.

¿Pero quién puede ser feliz así, por favor?¿Quién era el que me estaba haciendo vudú? ¡Que hable ahora o calle para siempre!

Muchas preguntas sin responder y muchas incógnitas sin resolver. Y no me digáis que eso no son problemas, que los disgustos de verdad son otros y bla bla bla. ¡Y un huevo! ¡La que tuvo que vivir una adolescencia sin vídeos de Youtube para aprender a hacerse peinados chulos he sido yo! En mi época, a lo más que llegabas era a comprarte en una droguería la espuma de pelo Studio Line, perfecta para que tus pelambres crujieran más que el papel Albal, unos polvos compactos en tono Risketos o Donatella Versace, según fuera la marca, y una barra de labios marrón oscuro violáceo, ideal para parecer que te había dado una anemia ferropénica.

Y de esta guisa salía yo a triunfar. ¡Ole!

Sobra decir que, lógicamente, yo no era la tía buena del instituto. Ni siquiera estaba en el equipo suplente de tías buenas. Vamos, era de las que ni iba convocada. Como mucho, se me podía ver por las gradas mimetizada entre la masa anónima de gentío. Y diré en mi defensa que no ha sido del todo culpa mía.

Resulta que para empezar, un guaperas de instituto ya lleva ensayando su cara de bellezón desde el momento en que sus padres lo inscriben en el registro civil, porque un tío bueno o tía buena nunca se llamaba ni José Antonio, ni Mercedes, ni Vicente, ni Asunción. De modo que si su usted se llama Mari, ahórrese los esfuerzos y céntrese en otra cosa, porque la guapa del cole no va a ser. Cierto es que si la han bendecido con el nombre de Tormenta, Nube, Piedra Preciosa o Lapislázuli, ahí sí que veo yo un 98% de posibilidades de tener detrás a una cohorte de admiradores.

A mí como esas cosas no me ocurrían, no veáis lo que mis padres se ahorraban en modelitos, ya que no tenía ningún título de belleza que defender. De lunes a viernes combinaba como buenamente podía un jersey de El Corte Inglés con algún que otro trapito de alguna tienda de moda de mi pueblo que se podía llamar Rosy’s, Confecciones Loly’s o Deportes Loureiro; y para el fin de semana le sumaba mi camiseta de ligar, la cual mucho resultado no me ofrecía, por cierto.

Así que, si después de este despropósito de década que me tocó vivir no me premian con un busto de bronce en medio de la plaza mayor, es que el mundo se ha vuelto loco.

 

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