Soy de gustos viejunos

Soy de gustos viejunos

 

Yo nunca he sido muy avant-garde en casi ninguna cosa.

Mi propensión a no detenerme demasiado en ciertas innovaciones ha hecho que tenga un perfil más adecuado para ingresar en una residencia de mayores, que en un festival de verano con todo su moderneo. Y es que, más experta en pijamas de franela y en colutorios para las encías que cualquier persona de mi quinta, definitivamente, soy pura desgracia anticontemporánea.

Para empezar, DETESTO COMPRAR ONLINE, lo que me proporciona al mínimo, una posición en el pódium de lo vejestorio.

Que no te guste comprar por internet es el nihilismo del siglo XXI. Es negar lo que está ahí fuera; es como si Luis XV rechazara ponerse pelucas. Pero yo siempre he pensado que hay actividades en las que tienes que estar en el contexto adecuado y con el humor correcto. El sexo es una de ellas. Ir de compras es otra.

En todo caso, no me pidas a mí un día que estoy en casa, cabreada con los del seguro del coche que me han cobrado dos veces por equivocación, que el vecino de arriba dice que su baño le huele a comida y que somos nosotros, y  que encima ha llegado una carta con pinta de ser una multa, ¿Y DESPUÉS DE TODO ESTO TENGO QUE ABRIR 200 PESTAÑITAS DE LA APP DE ZARA PARA ELEGIR UN JERSEY?

Lo siento, pero antes prefiero tricotar una manta monocromo que me combine con todo. Me envuelvo en ella y que le den al mundo.

Y es que cuando sueles vivir bajo una nube de dudas, comprar vía internet es encontrarte con Belcebú en forma de píxeles y de decepciones. Como cuando en tu infancia veías por la tele el anuncio de la Nancy con miles de complementos y amiguitas, y a ti te llegaba la muñeca a secas. De mayor te dabas cuenta que lo del anuncio era una recreación, pero te lo avisaban en una frase con letra minúscula que pasaba a velocidad de rayo. Pues algo así es lo de comprar en internet.

De modo similar, admito que NUNCA HE ENCARGADO COMIDA A DOMICILIO. No se trata de dinero, ni de principios, ni de ser perezosa en la cocina. Es mucho más sencillo: no se me pasa por la mente, ya que personalmente, saborear comida hecha fuera de casa, implica el gracejo de salir fuera de la ídem; esto es, una buena charla, el tintineo de los tenedores sobre los platos y el murmullo de la gente. Así que en caso de que haya que salir del paso, se me ocurre antes preparar unos espaguetis con Fairy, que marcar un número de teléfono.

Cierto es que pierden a una teleusuaria, pero ganan una clienta presencial, que con mi allure personal es mucho ganar.

Continuando en el campo gastronómico, otro rasgo que puede ser considerado vintage a estas alturas de siglo es SABER COCINAR A LA VIEJA USANZA. Tanto mi querido Costillo como yo nos defendemos muy bien con la cocina tradicional de nuestra zona. De forma que si a usted le gusta la comida a fuego de cazuela, pásese por nuestro vetusto hogar. Puede pedirla a domicilio, si bien desconozco cómo se transporta un rape a la gallega en la parte trasera de una moto. Será mejor que pida el rape en forma de topping de unos nuggets whopper flurry.

Y bien que me parece. Los gustos, como los culos, cada uno tiene el suyo.

Cambiando de tercio, y yéndonos hacia el vértice más viejuno de mis viejunas costumbres, yo, Mala de los Nervios, confieso que SIGO COMPRANDO MÚSICA. ¿Os acordáis de aquello que se llamaba “álbum” y que solía tener entre ocho y doce canciones? (Quinientas treinta en el caso de Andrés Calamaro) Eso mismo. ¡Pues yo lo sigo comprando!

(Y DESPUÉS DE ESTE DATO YA ME PUEDO INTERNAR EN LA RESIDENCIA DE MAYORES).

Lo de las canciones sueltas en el ordenador o en el móvil no es para mí, pero como cada uno es feliz a su manera, pues mira qué bien. Yo soy (muy) feliz gastando mis dinerillos así, y la ilusión de descubrir un disco maravilloso no me la quita nadie, y el cabreo que me entra cuando un artista me planta un cagarrazo descomunal, también tiene su puntillo. El caso es que te hagan sentir viva y con criterio.

Continuemos con uno de los puntos álgidos de esta travesía viejuna: NUNCA SACO EL MÓVIL PARA HACER FOTOS EN LOS CONCIERTOS/ EVENTOS/ REUNIONES. Me da mucha pereza, por eso espero a que alguien las haga y luego le pido que me las pase. Es como pedir los deberes. Hay que ponerle morro y sentirte poco culpable.

Dicha vagancia va asociada a la falta de práctica, cosa que me ocurre muy a menudo. Pongamos que me encuentro atónita contemplando la hermosa imagen de unos peces voladores saltando y danzando a ras de mar; la última cosa que se me ocurre es rebuscar mi móvil entre los tres mil departamentos de mi bolso, sacando chicles, estuches de higiene íntima, gafas de sol y por fin, el móvil. Ah, no. Es el monedero. Cuando por fin lo encuentro, los peces ya están en Mozambique en pleno desove.

Acercándome ya al final, reconozco que he reservado para este momento de clímax mi mejor baza. La superyaya que llevo dentro, pero sobre todo, por fuera, consigue la medalla de oro con un sublime artículo: LA BOLSA DE AGUA CALIENTE.

Este denostado objeto doméstico solo me da alegrías. Me aporta calor, paz y amor. Me arregla el dolor de tripa, y me calma los pies fríos. Y las manos frías. Y las pantorrillas frías. Y los brazos fríos. Es lo malo, que tengo mucho por calentar y una sola bolsa de agua, pero la seguiré venerando como a una virgen Vestal.

La quiero demasiado para tener cuarenta y pocos años.

Ergo, viejuna y a mi bola. 

 

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