Folleteo en las pelis: El análisis.

Folleteo en las pelis: El análisis.

 

En el momento en que toca la escena de sexo cuando estás viendo una peli en compañía, se te queda cara de imbécil y no sabes qué hacer.

Yo, de naturaleza simple y, en ocasiones, también práctica, cuando paso vergüenza solo tengo un recurso: decir chorradas. Cualquier cosa menos quedarse en silencio sepulcral ante la estampa de dos personas jadeantes que se revuelcan entre sábanas de satén.

Aun así, entre tontería y estupidez tengo tiempo de sobra para llevar a cabo una extensa indagación por los entresijos de estas escenas centradas en revolcones ajenos. No resulta un ejercicio complicado, pues por poco observadora que seas, prácticamente todo te chirría a la vista, al oído y al tacto.

Puede ser que la rara seas tú, y te hayas quedado anticuada en el arte del fornicio, pero antes de llegar a alguna conclusión, citemos esos elementos característicos de los kikis en el cine:

Nunca toman protección: Ella regenta un pequeño colmado en un pueblito del medio-oeste americano. Él es nuevo por esos lares pero ya llevan días intercambiando miradas calentorras entre las estanterías del sirope de arce y de la manteca de cacahuete. No se han dicho ni hola, pero un día, aprovechando que la tiendita está vacía, porque con esto de la pandemia todo el mundo compra online, se encuentran en la trastienda… y ¡ras!, en un pestañeo ya los tienes contra la pared.

Y ni siquiera un preservativo de marca blanca. Hombre, no. Póntelo-pónselo de toda la vida de Dios.

Que aquí, en España, puede que no sepamos hacer manteca de cacahuete, pero sabemos cómo se fabrican los nenés y la gonorrea.

Sin ducharse: Han sufrido un naufragio y están en medio de no sé qué océano. Llevan al menos un mes haciendo popó detrás de arbustos y sin una triste pastilla de jabón con la que lavarse la sobaquera y su cara sucia y sudada. Prefiero ignorar cómo estarán los bajos fondos. Pero la pasión no entiende de roña, así que al atardecer cuando es la hora del diluvio, les ha dado una fogosidad imparable, y empiezan a comerse los morros bajo cuatro ramas de palmera.

No parecen importarles los efluvios que puede emanar de ahí. Igual soy yo la rara. Pero ojo cómo deben de olerle los ombligos.

Siempre depiladas: Es el siglo XVIII y, a las puertas de la Revolución Francesa, se encuentran Jean-Marc y Anne-Marie trabajando de sol a sol en las tierras de su patrón. Él se encarga del rebaño de ovejas y ella siempre ara las tierras deslomándose por un trozo de pan que llevarse a la boca.

La necesidad y la miseria unen mucho, no todo va a ser malo, y en una noche clara, tras terminar una larga jornada se hacen de todo en un pajar. El plano se acorta y se ve que las ingles de ella están como si se hubiese hecho la depilación láser.

Lo normal en una humilde y necesitada campesina de 1789. De hecho, le pide al latifundista salir un poco antes los martes, porque ha encontrado un sitio que le hacen piernas e ingles por un precio irrechazable.

El post-coitum: nadie se asea: Tras un momento de sexo irrefrenable, del metesaca, y de posturas solo aptas para el cine por ser imposibles de realizar en la vida normal, vemos cómo los dos protagonistas barajan dos opciones: una, se quedan rendidos, se dan media vuelta y a dormir, y dos, uno de los dos se levanta y se viste, la mayoría de las veces sin ropa interior.

Unos cochinos, eso es lo que son. Qué les cuesta una toallita, un klínex, un Dodotis Noche. ALGO. Quiero ver algo verosímil y no a Barbie y a Ken teniendo sexo de plástico en el estante de una juguetería.

El plano de las manos entralazadas: Menuda horterada de imagen, pero a los directores les encanta: ese plano en el que se ven cómo las dos manos de los amantes entrelazan los dedos. Suele ser típico de las narraciones de amores imposibles en las que te pasas toda el tiempo deseando que se junten, aunque luego resulta que cuando toca la escena de cama, enfocan más tiempo las dichosas manos que el resto del panorama, que es lo que a ti te interesa.

Y cuando parece que ya ha terminado semejante ñoñería, en dos segundos tenemos otro primerísimo plano de la mano de ella estrujando la sábana bajera . ¡Pero si no se puede estrujar! Ese es el truco, que alguien inventó lo de las gomas para que queden bien pegaditas al colchón.

Si es que aparte de condones, los americanos tampoco tienen unas sábanas bajeras como Dios Manda.

Fornicar el ombligo del otro: No nos olvidemos que son actores que simulan una escena que no está pasando de verdad, así que tendrán sus truquillos. Por lo de pronto, me he fijado que cuando están en posición de misionero, el le frota todo su miembro a la altura de lo que viene siendo el ombligo. ¡Pero muchacho, baja un poco, que por ahí no es! ¿No os lo han enseñado en la ESO?

¡Qué generación tan mal preparada!

Sábanas de satén, la croqueta y demás: ¿Nadie goza de episodios románticos entre sábanas térmicas? Yo sí. Quienes no prueban este deleitoso placer son los de las pelis y las series.

En un loft del Upper East Side de Nueva York, una parejita se revuelca en una cama con un juego de sábanas que no fueron compradas ni en el mercadillo de mi pueblo ni en el Carrefour. Yo, de hecho, nunca he visto unas en persona. Ahora bien, lo que se tiene que patinar ahí puede ser fino, sobre todo porque en las películas siempre hacen la croqueta. Se abrazan y ruedan de un lado a otro como si fuesen una apisonadora. Envidiable.

Y hasta aquí el estudio del sexo fílmico. Comentarios, ruegos y preguntas recaen sobre ustedes.

Comencemos.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *